
Los primeros siete días de marzo han sido prolíficos en alegríaspara los amantes de la pintura holandesa en general y los admiradores de Rembrandt van Rijn en particular. Trenta y cinco dibujos ocultos durante décadas y un óleo olvidado, La visión de Zacarías en el templo, acaban de “revelarse” al mundo como originales del artista. Las 36 obras desconocidas pasan a engrosar el catálogo del artista más destacado del Siglo de Oro neerlandés, que las estimaciones más conservadoras establecen en un millar de obras, contando pinturas, grabados y dibujos.

En plena pandemia del coronavirus, la holandesa Charlotte Meyer descubrió una carperta que contenía 35 estampas que su abuelo había comprado en las primeras décas del siglo XX como grabados originales de Rembrandt. Los dibujos, que habían languidecido durante décadas en una caja fuerte familiar, habían pasado como legado a su madre, primero, y después a ella. Meyer trasladó entonces su descubrimiento a la Casa Museo Rembrandt de Amsterdam que confirmó su autenticidad. Uno de ellos es esta Cocinera de panqueques, realizado en 1635, cuando la famade Rembrandt comenzaba a despegar tras presentar su primera gran obra, Lección de anatomía del doctor Tulp. La estampa muestra una escena costumbrista que presenta distintos tipos de gente humildedel Ámsterdam de la época. Otras estampas de la misma serie se encuentrn en museos como el Met de Nueva York o el Riijksmuseum de Ámsterdam.

Tributo a la moneda, sobre estas líneas la versión en poder de la National Gallery of Art de Washington, recrea el momento en el que Jesús responde a la pregunta de respondiendo si los judíos debían pagar impuestos a Roma: “Dad al César lo que es del César y a Dios, lo ques es de Dios”. Rembrandt ganó su reputación internacional tanto por su trabajo como pintor como por el de grabador. Estas estampas constituían a la vez una obra de arte y una fotografía con la que saciar la curiosidad de los contemporáneos de Rembrandt por lugares exóticos y lejanos. Esta mirada se había perdido a inicios del siglo XX, cuando el abuelo de Meyer compró todos estos grabados a precios irrisorios, según explicó su propia nieta a los medios holandeses. Entre ellos se encontraba una impresión de este mismo grabado.

