
María Sabina, nacida en 1894 en Huautla de Jiménez, Oaxaca, fue una chamana mazateca cuya vida estuvo intrínsecamente ligada a las tradiciones ancestrales de su pueblo. Criada en la pobreza tras la temprana muerte de su padre, aprendió desde niña sobre las propiedades curativas de las plantas y los hongos de su región. Su conexión con los “niños santos”, como llamaba a los hongos psilocibios, se convirtió en el eje central de su práctica espiritual y curativa, marcando el inicio de su trayectoria como guía y sanadora.

A lo largo de su vida, María Sabina se dedicó a realizar “veladas”, ceremonias nocturnas en las que utilizaba los hongos sagrados para diagnosticar y curar enfermedades, tanto físicas como espirituales. Su sabiduría y habilidad para comunicarse con el mundo espiritual a través de los hongos la convirtieron en una figura venerada en su comunidad. Sin embargo, su vida dio un giro inesperado cuando, en 1955, el etnomicólogo R. Gordon Wasson participó en una de sus ceremonias, revelando al mundo occidental la existencia de los hongos sagrados y las prácticas chamánicas mazatecas.

La fama repentina trajo consigo consecuencias ambivalentes para María Sabina. Por un lado, su nombre se difundió a nivel internacional, atrayendo a buscadores espirituales y curiosos de todas partes. Por otro lado, su comunidad la acusó de profanar los secretos sagrados y de lucrar con las tradiciones ancestrales. A pesar de las críticas y el aislamiento que sufrió en sus últimos años, el legado de María Sabina perdura como un símbolo de la sabiduría indígena y la conexión entre el ser humano y la naturaleza.

