El 25 de junio de 2025, en la cumbre de La Haya, los 32 miembros de la OTAN sellaron un compromiso sin precedentes: alcanzar antes del 2035 un gasto en defensa equivalente al 5 % de su PIB, divididos en 3,5 % para defensa militar directa (tropas, armamento, operaciones) y 1,5 % para infraestructura y capacidades duales (infraestructura, ciberseguridad, movilidad militar) según el acuerdo oficial. También reafirmaron, de manera categórica, el principio de defensa colectiva del artículo 5: “un ataque a uno es un ataque a todos”.
Esta decisión fue impulsada principalmente por la presión de Estados Unidos y su presidente, Donald Trump, quien calificó el resultado de “gran victoria” y amenazó con represalias comerciales hacia países que se desvinculen, como España . Naciones del flanco oriental (Polonia, Estonia, Letonia y Lituania) respaldan con fuerza la medida, mientras que otras como España o Bélgica expresaron dudas, buscando opt-outs o interpretaciones flexibles

Repercusiones económicas
Presiones fiscales y reordenamiento del gasto
Para muchos países europeos, duplicar el gasto militar exigirá reajustar partidas presupuestarias o aumentar ingresos fiscales. Según Moody’s, llevar el gasto a 4 % del PIB en las seis mayores economías europeas podría implicar una reubicación del 6 % del gasto público, con posible impacto inflacionario y en deuda soberana
Sectores como salud, educación o bienestar (ya infrafinanciados en muchos países) podrían resultar afectados si no se amplían los ingresos del Estado .
Impulso a la industria de defensa
El nuevo objetivo supone una avalancha de inversión en tecnología, armamento y sistemas cibernéticos. Empresas como Lockheed Martin, BAE Systems, Rheinmetall o Airbus esperan negocios millonarios en este contexto .
Se abre una ventana para ampliar I+D y reforzar la capacidad de producción europea, con más colaboración transatlántica para reducir dependencia de proveedores externos .

Impacto social
La mayor inversión en defensa requiere un apoyo ciudadano significativo. La percepción de paz puede verse ensombrecida por la retórica bélica: “la paz” ya no es sólo ausencia de guerra, sino un control estratégico condicionado por quienes definen las amenazas.
El reclutamiento militar y el fortalecimiento de la industria bélica pueden reconfigurar la estructura laboral y educativa hacia especializaciones de carácter militar o tecnológico.
En países con servicios públicos frágiles, el reto será mantener un equilibrio entre seguridad y justicia social sin que el Estado emprenda ajustes dolorosos, especialmente en servicios esenciales.
Implicaciones geopolíticas
Para EUA, el compromiso alivia la carga financiera del aliado principal, permitiendo que concentre recursos en otras zonas de importancia estratégica como Asia-Pacífico o Oriente Medio .
Para Europa, el desafío será consolidarse como bloque capaz de sostener una estructura militar creíble, con autonomía estratégica y cohesión industrial .
Rusia, por su parte, ha denunciado esta nueva oleada de rearme como justificante de un supuesto “miedo demoníaco” occidental, argumentando que su amenaza se exagera para legitimar el gasto militar .
La OTAN redefine su noción de defensa colectiva en un mundo donde “paz” ya no significa simplemente ausencia de conflicto, sino una agenda diseñada por los más poderosos, bajo sus condiciones. Alcanzar el 5 % del PIB para 2035 implica un giro estratégico:
- Refuerzos militares de gran escala, con consecuencias sociales profundas.
- Reforzamiento industrial y tecnológico, potenciando empleos y capacidades, pero con presión sobre recursos públicos.
- Riesgos de tensiones internas —al interior de la OTAN— por disparidades fiscales y políticas, como demuestra la postura de España.
Este acuerdo reafirma la OTAN como eje del poder occidental, una alianza que equilibra su papel de garante global con una lógica de control y dominación estratégica. Su éxito —y legitimidad— dependerá de que ese rearme vaya acompañado de transparencia, prioridades sociales equilibradas y responsabilidad democrática.

