
Hablar de Javier Marín suele llevar inevitablemente a pensar en algunas de las esculturas más reconocibles del arte contemporáneo mexicano, pero detrás de la obra monumental, de las exposiciones y de una trayectoria construida durante años de trabajo, existe otro proyecto que ocupa buena parte de su tiempo y energía: la Fundación Javier Marín. Creada en 2013 en la Ciudad de México, esta asociación civil sin fines de lucro nació con la misión de impulsar la investigación, vinculación y realización de las artes plásticas. Con el paso de los años, la iniciativa ha evolucionado hasta convertirse en una plataforma que conecta educación, cultura y desarrollo comunitario en distintas regiones del país.
Pero debes saber que para Javier Marín, el vínculo con el arte no comenzó en una escuela ni en un taller profesional. Es algo que ha formado parte de su vida desde siempre. “Me sigue emocionando, desde que tengo uso de memoria me emocionaba. El arte no es algo que haya aprendido en una escuela, es algo con lo que crecí. Forma parte de mi vida, de mi cotidianidad, de mi forma de entender el mundo”, explica.

Esa misma relación profunda con la creación artística fue la que lo llevó a pensar que podía aportar algo más allá de su producción personal. Según cuenta en entrevista para GQ México y Latinoamérica, durante años buscó distintas causas sociales hasta que decidió enfocar esos esfuerzos en un terreno que conocía de primera mano. “Se me ocurrió hacer la fundación y buscar mis propias batallas”, recuerda. Entre las primeras estuvo acompañar a artistas emergentes en uno de los momentos más complejos de su carrera: el salto entre la formación académica y la práctica profesional. Una necesidad que él mismo identificó a partir de su experiencia y que dio origen a programas de capacitación y acompañamiento.
Los números hablan por sí solos y reflejan el alcance de ese trabajo. Desde 2014, la fundación ha realizado 254 Encuentros, espacios de diálogo entre profesionales y artistas emergentes que han beneficiado a 3,625 participantes. Entre 2017 y 2021 también publicó seis títulos de la Colección Puntal, una serie de herramientas prácticas dirigidas a creadores en proceso de profesionalización. Pero el proyecto tomó una dimensión distinta cuando apareció una oportunidad en Uruapan, Michoacán. “Creo que desde mi propia profesión, desde mi propio medio, desde el mundo artístico, se puede hacer muchísimo por cambiar la realidad de mucha gente”, comparte Javier Marín.

Ese convencimiento se materializó en el Centro Cultural Fábrica de San Pedro, un espacio instalado en una antigua fábrica textil del siglo XIX con más de 8,000 metros cuadrados que había permanecido abandonada. Hoy funciona como un punto de encuentro dedicado al arte contemporáneo, el diseño y la cultura alimentaria. La transformación del inmueble, desarrollada junto con el arquitecto Mauricio Rocha, buscó recuperar un lugar emblemático para una comunidad marcada por desafíos sociales y por el estigma de la violencia. “Queríamos ofrecer espacios nuevos de pensamiento, de sensibilidad y de actividad”, explica Javier.

Actualmente, el centro alberga exposiciones, seminarios, cursos, conciertos y actividades culturales que buscan fortalecer el tejido social a través de la participación comunitaria. Además, 14 de las 34 exposiciones nacionales e internacionales impulsadas por la fundación se han presentado en este recinto. En medio de la selva se encuentra Plantel Matilde, un espacio concebido originalmente como un taller alternativo para desarrollar obras escultóricas de gran formato, sin embargo, el contacto con las comunidades cercanas terminó ampliando el propósito del proyecto. “Llegamos ahí y empecé a tener contacto con comunidades muy pequeñas, prácticamente olvidadas”, nos relata.
De ese acercamiento surgió el Taller de Barro de Sac Chich, una iniciativa comunitaria enfocada en enseñar oficios relacionados con la producción cerámica. Actualmente participan 39 personas —26 mujeres y 13 hombres— que han recibido acompañamiento técnico, creativo y administrativo para desarrollar piezas artesanales y generar nuevas oportunidades económicas.

“Estamos todos obligados a voltear un poco alrededor, ver nuestro entorno, ver quién más nos acompaña en la vida y en qué condiciones, y tratar de nivelar un poquito el suelo”, comparte Javier Marín. Quizá por eso, cuando le preguntamos qué lugar ocupa la fundación dentro de su legado, su respuesta no establece fronteras entre la obra artística y el trabajo social. “La obra de un artista no son solamente los objetos o las reflexiones que produce. También son las cosas que hace. La obra social es definitiva, también es parte de mi trabajo y de mi obra”.

Mientras continúa desarrollando proyectos culturales en distintas regiones del país, Javier vive además un momento particularmente significativo en su carrera internacional. Actualmente forma parte de una invitación para presentar una propuesta artística para la Fachada de la Gloria de la Basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona, junto a los artistas Miquel Barceló y Cristina Iglesias. Sin importar la escala del proyecto, parece existir un hilo conductor en todo lo que hace: la convicción de que el arte puede ser mucho más que contemplación estética, ya que también puede convertirse en una herramienta para apoyar a la comunidad, abrir conversaciones y construir nuevas posibilidades para quienes rara vez ocupan el centro de la escena.
