La intensa lluvia del pasado domingo 10 de agosto dejó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) sumido en caos, con inundaciones en pistas y terminales, suspensión total de operaciones durante varias horas y miles de pasajeros afectados, muchos de los cuales quedaron varados o desviados a otros aeropuertos. Las imágenes que circularon en redes sociales mostraron pasillos anegados, zonas de espera convertidas en charcos y filas interminables junto a mostradores de facturación, en una situación que expuso las fallas en los sistemas de drenaje y la infraestructura aeroportuaria.

En redes, las quejas fueron feroces y focalizadas no solo en el colapso logístico, sino también en el uso del TUA —Tarifa de Uso Aeroportuario—, que muchos cuestionaron como mal invertido, señalando que esos recursos deberían destinarse a mejoras y mantenimiento. “Es increíble que, a menos de un año del Mundial, demos esta imagen a los turistas”, declaró una viajera en X, reflejando la indignación generalizada por la falta de previsión. El aeropuerto solo justificó la suspensión de actividades por la poca visibilidad, la seguridad operativa y la activación de protocolos de emergencia, pero para muchos esto no fue suficiente.
La reflexión general apunta hacia una infraestructura que, a pesar de constantes lluvias en la capital, demuestra estar al borde del colapso. Los sistemas pluviales insuficientes y la falta de modernización son señalados como síntomas de un problema más profundo: inversiones mal dirigidas, priorización de proyectos nuevos como el AIFA y descuido del principal aeropuerto del país. Esto genera una pésima impresión, tanto para el turismo nacional como internacional, justo cuando el país se prepara para recibir a millones de viajeros por el Mundial 2026.

Además, el impacto se extendió más allá del aeropuerto: las vialidades de acceso quedaron anegadas, el transporte público colapsó y el flujo de personas se vio interrumpido, lo que acrecentó la frustración social. Para quien llega por primera vez a México o trata de movilizarse en una contingencia como ésta, queda grabada la sensación de desorden —que no debería definirse por falta de previsión—, sino por la idea de que el aeropuerto refleja una ciudad que no está preparada para lo elemental.

Así, la conversación que se aviva en redes no es solo sobre un hecho aislado, sino sobre un modelo administrativo que fracasa al proveer servicios esenciales, incumplir con la modernización y entregar ante la ciudadanía una imagen de abandono. Si el AICM no es capaz de enfrentar lluvias comunes sin paralizarse, cabe preguntarse: ¿cómo estará en pleno pico de tráfico aéreo? ¿Qué tan competitiva será nuestra aviación ante la mirada internacional? El reclamo que surge es por responsabilidad, eficiencia y visión de futuro.
