Desde tiempos coloniales, la región que hoy ocupa el estado de Chiapas formó parte del Reino de Guatemala, también conocido como la Capitanía General de Guatemala, bajo control de la Audiencia de Guatemala, distinta de la Nueva España. Cuando México logró su independencia en 1821, surgió para Chiapas la disyuntiva: quedarse con la federación centroamericana, integrarse al nuevo Imperio mexicano bajo Agustín de Iturbide, o buscar una alternativa de autonomía. Finalmente, tras la caída del Imperio de Iturbide y el establecimiento de la República Mexicana, Chiapas, mediante la voluntad de sus habitantes y un plebiscito de representantes, se incorporó como estado federal de México el 14 de septiembre de 1824. Aunque algunas disputas persistieron, especialmente con Guatemala y en cuanto a la región del Soconusco, estas se resolvieron oficialmente con el Tratado Herrera-Mariscal en 1882, que estableció fronteras permanentes entre México y Guatemala.

Para los mexicanos, la anexión de Chiapas representa mucho más que la ampliación territorial. Es un ejemplo histórico de la voluntad de una región de definirse política y legalmente dentro de una nación que emergía, con los retos de consolidarse después de la independencia. Chiapas es el último estado que se incorporó formalmente a la federación, lo que implica que su entrada cerró el mapa político moderno de los 32 estados de México. Para los chiapanecos, esta decisión fue también la de comprometerse con un proyecto nacional que no siempre ha sido fácil: integración, reconocimiento de diversidad cultural —sobre todo pueblos indígenas—, desarrollo económico, pero también desafíos múltiples como la desigualdad, el acceso a servicios, y la defensa del territorio.

Ecológicamente, Chiapas es considerado uno de los “pulmones verdes” más valiosos de México. Su biodiversidad es extraordinaria: alberga —según diferentes estudios estatales y de la CONABIO— más de 11,000 especies, incluyendo plantas vasculares, aves, mamíferos, mariposas (Chiapas tiene alrededor del 62 % de las especies de mariposas del país) y una gran diversidad de ecosistemas —selvas altas, bosques mesófilos de montaña, manglares, humedales, bosques de pino-encino y más. También posee grandes cuencas hidrológicas como la del Grijalva-Usumacinta, que tienen un papel fundamental para el suministro de agua, para la producción eléctrica (hidroeléctrica), para la mitigación de sequías e inundaciones, y para sostener ecosistemas conectados que regulan el clima y contribuyen a la estabilidad ambiental de México y de la región mesoamericana.

Por todo lo anterior, la importancia de que Chiapas sea parte de México no solo es histórica o política, sino estratégica y ambiental. El estado aporta riqueza cultural (diversidad lingüística, tradiciones indígenas), riqueza natural, es un espacio crítico para la conservación de especies, para la captura de carbono, para la regulación climática, para proveer agua y para mantener zonas protegidas que ayudan al país a cumplir compromisos internacionales de conservación y cambio climático. Al mismo tiempo, Chiapas enfrenta retos serios: deforestación, presiones por cambio de uso del suelo, pérdida de biodiversidad local, desigualdad socioeconómica, limitaciones en infraestructura, servicios, etc. Preservar su papel como pulmón verde significa también invertir en comunidades, en justicia ambiental, en políticas de conservación y en un desarrollo sostenible que respete tanto la naturaleza como las culturas locales.
