
En el seno de las tradiciones oaxaqueñas, el cuarto viernes de cuaresma se destaca como una fecha llena de significado espiritual y comunitario, conocida como el Día de la Samaritana o el día en que se regalan aguas frescas. Su origen se entrelaza con la historia bíblica de la mujer samaritana que Jesús encontró junto al pozo de Jacob, a quien le pidió agua y le reveló su condición de Mesías. Esta narración, transmitida a lo largo de los siglos, se arraigó en Oaxaca y se fusionó con las costumbres locales, convirtiéndose en una celebración que combina la fe con la generosidad propia de la cultura oaxaqueña.

La práctica de regalar aguas frescas tiene un sentido profundo de hospitalidad y solidaridad. Antiguamente, las familias preparaban grandes cantidades de estas bebidas —elaboradas con frutas y ingredientes locales como tamarindo, jamaica, horchata o pitahaya— para ofrecerlas gratuitamente a vecinos, amigos y transeúntes. Hoy en día, las calles de pueblos y ciudades de Oaxaca se llenan de mesas y puestos decorados con flores y telas coloridas, donde además de las aguas frescas, se comparten platos típicos como tamales o empanadas, creando un ambiente de convivencia y alegría que une a la comunidad.

La importancia cultural de esta tradición radica en su capacidad para preservar los lazos sociales y transmitir valores de generosidad y hospitalidad de generación en generación. Para los oaxaqueños, el Día de la Samaritana no es solo una celebración religiosa, sino una forma de reafirmar su identidad y su amor por su tierra y su gente. Además, se ha convertido en un atractivo turístico relevante, ya que permite a los visitantes conocer de cerca la riqueza cultural y gastronómica de Oaxaca, participando en una experiencia única que combina lo espiritual con lo cotidiano. En un mundo cada vez más globalizado, esta tradición sigue siendo un testimonio vivo de la fuerza de las costumbres y de la importancia de compartir con los demás.

