James Dewey Watson nació en Chicago el 6 de abril de 1928, en el seno de una familia aficionada a la lectura y la naturaleza. Desde niño mostró curiosidad – contaba entre sus pasatiempos observar aves junto a su padre –, y una mente inquieta que se preguntaba constantemente “¿por qué?”. A los quince años ingresó a la University of Chicago y consiguió su licenciatura en zoología en 1947. Posteriormente obtuvo un doctorado en zoología por la Indiana University Bloomington en 1950, tras apenas tres años de trabajo intensivo.

En los albores de la década de 1950, Watson emprendió lo que sería su contribución más trascendente: el estudio de la molécula del ADN. Tras un breve periodo en Copenhague, aceptó una plaza en el laboratorio Cavendish de la University of Cambridge (Inglaterra), donde entró en contacto con la investigación de rayos X que realizaba Rosalind Franklin. En 1953, junto con Francis Crick, propuso la estructura en doble hélice del ADN, describiendo cómo dos cadenas entrelazadas permiten explicar la replicación y herencia genética.
La publicación de ese modelo revolucionó la biología molecular, marcando el inicio de la era del genoma, la genética moderna y la biotecnología. En 1962, Watson, Crick y Maurice Wilkins recibieron el Nobel Prize in Physiology or Medicine por sus descubrimientos sobre los ácidos nucleicos. Más allá de esta hazaña, Watson se dedicó a la docencia en la Harvard University, y dirigió la Cold Spring Harbor Laboratory (CSHL), convirtiendo esta institución en un centro clave para la investigación genética y el Proyecto Genoma Humano.

Sin embargo, su legado no está exento de controversia. Watson fue criticado por su minimalización del papel de Rosalind Franklin en el proceso, y por declaraciones sobrela inteligencia y la raza que fueron ampliamente condenadas, lo cual le llevó a la pérdida de cargos honoríficos en CSHL. Estas polémicas ensombrecieron parte de su reconocimiento público, aunque no pueden borrar su impacto científico.

Finalmente, James D. Watson falleció el 6 de noviembre de 2025 a los 97 años. Su muerte marca el fin de una era, pero su contribución permanece viva en cada ámbito que la biología del siglo XXI ha transformado. Su descubrimiento abrió caminos en medicina, agricultura, forense y más. Pese a las manchas en su reputación, su nombre seguirá asociado a la gran hélice del ADN y a uno de los hitos científicos más importantes de la historia.
