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Home Arte y Cultura

Artemis 2 ha regresado, el arte seguirá viajando a la Luna

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De Warhol a Dalí, pasando por Pink Floyd, el satélite ha sido en la cultura la aspiración de modernidad más arraigada.

El viaje del Artemis II hasta la cara oculta de la luna ―y algunos comentarios sobre la anterior expedición―, ha traído a la memoria el verano de 1777, cuando se estrenaba la ópera bufa de Haydn, a partir de un libreto de Goldoni, Il mondo della luna. La trama, grata a cualquier conspiranoico, habla de un falso astrónomo quien, a partir de ardides, hace creer a un viejo que aquello que ve desde su telescopio no es una realidad construida sino la luna misma. Llega incluso a hacerle creer que está volando hacia el satélite ―tras ingerir una pócima y dormirse―, donde se reunirán con el rey.

La divertida peripecia es uno de los tantísimos ejemplos que en Occidente han situado al satélite ―y al espacio en general― como punto de mira de los deseos y las fantasías terrícolas que, mitad sueño imperialista y mitad melancolía hacia lo inalcanzable, han proyectado la mirada más allá del cielo visible en busca de novedades. A fin de cuentas, la luna, el espacio exterior, ha sido en la cultura ―también en la popular― la aspiración de modernidad más arraigada. Desde el papel escenográfico de la luna en la Gerusalemme liberata de Tasso a finales del XVI, hasta el Major Tom de David Bowie el año 1969, la luna ha flirteado con nosotros a través de sus cambios de humor y sus ciclos; su color blanco plata.

“Los marcianos” ―lo que venía de lejos― han sido protagonistas de tantas invasiones, fuente inagotable de terror y deseo durante la Guerra Fría ―Invasores de Marte (1953) o la serie Los invasores( 1967), ambas hijas del programa radiofónico La guerra de los mundos de Orson Wells―, aunque Marte no se ve desde el porche de casa, de modo que mejor cantar a la luna. Lo hacía Frank Sinatra en su versión sexy de Fly Me to the Moon en 1964, en medio de lo que se llamó “la carrera espacial”.

A mitad de la década de 1964 el espacio estaba que ardía ―o eso creíamos pues, visto desde el actual y variado lío de satélites, aquello era un juego de niños―. Todos querían llegar a la luna. Y pisarla. O algo. Durante un rato “los marcianos” se quedaron orillados tras sus apariciones estelares en los tebeos de Diego Valor o en los comics de Space Ace durante los 50 del XX, en una de cuyas portadas el héroe aparecía con una especie de traje de astronauta color naranja, el que hemos visto a la tripulación de Artemis II.

Series sobre el futuro como los Jetsons ―en España Los supersónicos―, antítesis de Los Picapiedra en esa década de 1960, con sus robots caseros y paseos a propulsión, se quedaban cortas cuando, otro verano, la realidad superaba a las ficciones: en 1969, el Apolo 11 llegaba a la luna, un astronauta se bajaba, se movía por esa tierra craterizada y plantaba la bandera de los Estados Unidos ―por cierto, ¿por qué no han mandado una foto de la bandera?―. Esa madrugada pude quedarme con mi padre a presenciar el gran momento, tal era la pasión familiar por el espacio. Mi madre seguía cada amerizaje en la radio, segundo a segundo ―entonces no había televisiones 24 horas―, de modo que aprendí a enamorarme de ese futuro que había leído en Verne o en Tintin y su Aterrizaje en la luna, publicado unos 15 años antes del primer alunizaje tripulado del Apolo 11. Mi pasión no se ha extinguido: ahora me duermo con los vientos de Marte grabados por la misión Perseverance y publicados en la página de la NASA. Los recomiendo.

Sin embargo, lo más asombroso de aquel alunizaje fue lo muchísimo que se parecía la luna “real” a las invenciones de la luna a lo largo de la historia; el anhelo de modernidad a la modernidad misma, si bien lejos de causar decepción acrecentó el deseo. Más luna, por favor. Y nada de luna cortada por la nube, en Un perro andaluz, con tintes de románticos. La luna fotografiada en la misión del Apolo 11 ―que Warhol convirtió en serigrafía en 1987― tenía más relación con El Viaje a la luna de Méliès (1902), cuyos paisajes anunciaban lo que se hizo presente aquel 1969 e igual ni siquiera de manera muy distinta, quién sabe, menos irreal la ficción sin la presencia de Neil Armstrong con aspecto de Madelman. Lo mismo se podría decir de los paisajes en la película de Frizt Lang, estrenada el año de 1929, Una mujer en la luna , donde alguien espera hacer negocios en la tierra con el oro lunar.

Tal vez debido a esta fascinación colectiva, en cuanto empezaron a aparecer las primeras imágenes de nuestro planeta tomadas desde el espacio exterior, publicadas en la década de 1950 en revistas de información general como Life Magazine ―“Lo que nos cuenta el Explorer”, en febrero de 1958―, artistas como el pop Richard Hamilton volvieron los ojos hacia dichas imágenes para convertidas en consumo. Quizás pocos de ustedes se habrán fijado, pero el techo de la habitación de su tan conocido collage ¿Qué hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos? de 1956, se corresponde con una imagen de la tierra desde el espacio.

Lunas y planetas en corro aparecen en el delicioso dibujo de Dalí, homenaje a Buster Keaton de 1922; en los cuadros de los años 20 de Ángeles Santos; en la increíble exposición de Antonio Ballester Moreno ―El cielo y la tierra― a que se puede visitar en el CA2M. Lunas que se quiebran sobre las tinieblas; satélites cuya trayectoria persigue Daniel Canogar en una obra en tiempo real. Planeta implacable que va a chocar con la tierra y la va a pulverizar en la película de Lars Von Trier Melancolía… El futuro se mira cada noche en la luna, desvelada por el Artemis II en esa cara oculta a la cual Pink Flyod dedicó uno de sus mejores trabajos el año 1973. Aunque tal vez no es la fascinación lo que mueve a estas expediciones y tampoco en este punto el presente se distancia mucho del pasado: el oro deja paso a las tierras raras.

Tags: ARTEartemisculturaespaciolunaviaje
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