Roma vuelve a recordarnos que el amor por el patrimonio también tiene costo. A partir del 1 de febrero, quienes no residan en la capital italiana deberán pagar 2 euros para acercarse a la Fontana di Trevi y cumplir con el ritual eterno de lanzar la moneda al agua. La medida aplica únicamente para acceder a la zona más cercana a la fuente, ese punto exacto donde las fotos, los deseos y los flashes se cruzan sin tregua.

El acceso podrá conseguirse en línea, durante la fila o en distintos puntos turísticos de la ciudad, una estrategia pensada para evitar aglomeraciones y mejorar la experiencia del visitante. Eso sí, no todo está detrás de una barrera: la vista desde la plaza superior y el acceso nocturno seguirán siendo gratuitos, una concesión para quienes prefieren contemplar el monumento con calma, lejos del bullicio diurno.
La decisión no es caprichosa. Según datos del Ayuntamiento de Roma, la Fontana di Trevi recibe más de 30 mil personas al día, lo que se traduce en casi 11 millones de visitantes al año. Este flujo constante ha acelerado la erosión del mármol travertino, favoreciendo la aparición de mohos y depósitos de cal que ponen en riesgo uno de los símbolos más fotografiados del mundo.

Desde el gobierno local, la medida se anunció como parte de un plan integral para gestionar el turismo masivo, mejorar la asistencia a los visitantes y garantizar el mantenimiento del patrimonio cultural romano. En otras palabras, no se trata de privatizar la experiencia, sino de regularla para que siga existiendo. Una especie de peaje cultural en tiempos de selfies infinitos.
Al final, pagar 2 euros por estar “cerquita” de la Fontana di Trevi abre una conversación más amplia: cómo viajamos, cómo consumimos las ciudades históricas y qué estamos dispuestos a aportar para conservarlas. Tal vez el verdadero deseo que se lanza a la fuente ya no sea volver a Roma, sino asegurarnos de que Roma pueda seguir recibiéndonos.
