
El Centro Histórico de la Ciudad de México, a pesar de contar con todo tipo de ruido, tiene una melodía muy especial. En las principales vialidades del primer cuadro de la capital destacan las melodías del organillero. Este entrañable oficio ha acompañado a generaciones enteras de habitantes de la megalópolis. Recientemente, la Secretaría de Cultura local declaró que los organilleros ya son Patrimonio Cultural Inmaterial de la CDMX.
El pasado 28 de noviembre del 2025, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, la titular de la Secretaría de Cultura del gobierno capitalino, Ana Francis López Bayghen, declaró que los organilleros ya son Patrimonio Cultural Inmaterial de la capital. Aunque todavía falta enviar el dictamen a la Jefatura del Gobierno de la ciudad para oficializar la declaratoria, esta ya es un hecho. La decisión fue aprobada por la Comisión Interinstitucional de la dependencia cultural.

No es para menos esta declaratoria, ya que representa un paso vital para preservar uno de los oficios más queridos de la Ciudad de México y una tradición musical tan única. La Unión de Organilleros celebró la decisión, ya que es una acción importante para ayudar también a las personas que se dedican a esta labor centenaria. Es difícil imaginar el Centro Histórico de la capital de la República Mexicana sin los organilleros. Y si bien a veces se les pasa de largo, ellos siempre están allí amenizando la vida cotidiana del corazón de la Ciudad de México. Desde finales del siglo XIX, el organillo llegó a nuestro país. Gracias a la casa de instrumentos musicales “Wagner y Levien”, fundada por inmigrantes alemanes, nació este oficio. Los dueños del establecimiento rentaban este instrumento a varias personas para que estas lo tocaran y ganaran algunas monedas. Ya fuera en la vialidad pública o las «serenatas de gallo», este oficio ganó fuerza.

Ya iniciado el siglo XX, los organilleros se expandieron por todo México. Gilberto Lázaro Gaona, un músico originario de León, Guanajuato, viajó a Alemania y trajo consigo el organillo «gavión», ya que su sonido era parecido al de las gaviotas. Posteriormente, con la ayuda del empresario Benito Carlón, las melodías de este instrumento se popularizaron. Su impacto cultural es tan profundo y popular que ha inspirado expresiones artísticas como la canción Amigo Organillero, la cual hiciera famosa la voz de Javier Solís en el año de 1965. En la actualidad, la Unión de Organilleros de Méxicotiene un registro de 337 miembros así como de otras 350 personas que se dedican al oficio de manera independiente.
