México registró una contracción de su Producto Interno Bruto (PIB) de –0,2 % en el tercer trimestre de 2025, según la cifra definitiva del INEGI. Este retroceso refleja tensiones estructurales que no se resuelven con parches y vuelve a despertar el fantasma de una recesión.

A simple vista, el culpable principal es la industria. El sector secundario, que agrupa manufactura, construcción, minería y energía, cayó un –2,7% anual. Esa contracción es el motor del retroceso, pues ni el empuje del agro (que avanzó 2,9 %) ni el modesto crecimiento de los servicios (1 %) lograron compensarla. Según analistas, este declive refleja varios factores: la poca inversión —tanto nacional como extranjera— en sectores clave; la incertidumbre comercial derivada de aranceles y políticas proteccionistas, especialmente por parte de Estados Unidos; además de disrupciones logísticas, como bloqueos y lluvias, que han afectado la cadena productiva.
El panorama macroeconómico no es alentador. En lo que va del año, el crecimiento acumulado apenas roza el 0,1%, por debajo de lo que muchos esperaban. Para 2025, algunas proyecciones del sector privado apuntan a un crecimiento moderado del 0,5%, mientras que organismos como la OCDE o el FMI lo estiman entre 0,8% y 1%. Estos números lucen conservadores, sobre todo si consideramos que la industria representa más de un tercio del PIB y que algunos de sus subsectores llevan varios trimestres en caída.

Mirando hacia el cierre del año, el escenario sigue lleno de incertidumbres. El consumo interno es débil, la confianza empresarial no termina de recuperarse, y la inversión está cautelosa. Según voces del entorno económico, sin un cambio en la dinámica comercial o una mayor inyección de capital, México podría estancarse o incluso rozar una recesión técnica. Al mismo tiempo, el Banco de México ha reaccionado: en noviembre redujo su tasa de interés para estimular el crédito, la demanda y la inversión.
Desde mi punto de vista, esta caída del PIB no es solo una cifra fría: es un llamado de atención. Nos recuerda que no basta con depender de sectores agropecuarios florecientes o de servicios incipientes si el motor industrial —el más complejo y estratégico— no encuentra cómo volver a arrancar. México necesita no solo estímulos, sino reformas estructurales que recuperen la confianza de inversores, restablezcan cadenas productivas resilientes y traccionen un crecimiento sostenido. Si no, estaremos frente a un crecimiento tibio, incapaz de generar empleo de calidad y cerrar brechas de desigualdad en un país que exige más.
