¿Quién dijo que la pintura tenía que ser pacífica y apolínea? En pleno XVIII–XIX, Francisco de Goya no sólo pintó retratos de reyes y cortesanos, también nos arrastró al lado oscuro de la historia, de la consciencia humana y de la barbarie. Hoy, cuando innumerables “contenidos” compiten por nuestra atención, su obra reaparece como un espejo incisivo: audaz, irreverente y absolutamente vigente.


Desde sus primeros encargos, Goya navegó entre estilos: el rococó amable de sus “cartones” para tapices, al neoclasicismo cortesano y finalmente al romanticismo crudo y visionario. Su dominio técnico fue tan amplio como su ambición temática: óleo, fresco, grabado… métodos que él manipuló para decir algo más que la mera belleza. Pensemos, por ejemplo, en aquella escena de 180 8 / 1814: Los fusilamientos del 3 de mayo, donde Goya no elige retratar héroes halagados sino víctimas anónimas frente al pelotón de fusilamiento. O en esa otra obra que nos hiela la sangre, Saturno devorando a su hijo, parte de sus célebres “Pinturas negras”, que parecen venir más del subconsciente que de un estudio de encargo.
Y ¿qué decir de su humor irónico, casi brutal? En la serie de grabados Los Caprichos, visibilizó sin medias tintas a la sociedad de su tiempo: vicios, supersticiones, poder y engaños. Goya no se contentó con embellecer: decidió incomodar. Porque, al final, la pintura también puede ser una forma de rebelión.

Para nosotros —jóvenes y adultos que navegamos en un mundo saturado de imágenes e informaciones— Goya ofrece una enseñanza: no basta mirar, hay que ver. No basta decorar, hay que interrogar. Su obra nos releva de espectadores pasivos y nos lanza al debate: ¿quién sufre? ¿quién observa? ¿quién silencia? En tiempos de egos digitales, filtros perfectos y discursos globales… acaso debamos volver a lo esencial: al trazo que no teme mostrar la mancha, la cicatriz, la pregunta. Y en ese relevo, Goya sigue siendo maestro de maestros.
