
En el crepúsculo del 24 de octubre, una atmósfera mágica comienza a envolver nuestros hogares. Se dice que esta noche, el velo entre el mundo de los vivos y el de los espíritus se adelgaza, permitiendo que las almas de nuestros seres queridos inicien su viaje de regreso. Es un momento de profunda conexión, donde sentimos su presencia más cerca, preparándonos para recibirlos con amor y alegría en la celebración del Día de Muertos.

Esta noche especial marca el inicio de los preparativos. Con fervor, comenzamos a limpiar y adornar nuestros altares, colocando las primeras ofrendas que guiarán a nuestros difuntos de vuelta a casa. El aroma del copal se mezcla con el de las flores de cempasúchil, creando un sendero luminoso y fragante que les invita a reunirse con nosotros. Cada detalle es un acto de amor, una muestra de que su recuerdo sigue vivo en nuestros corazones.

Así, la noche del 24 de octubre se convierte en un preludio lleno de esperanza y nostalgia. Es el instante en que abrimos las puertas de nuestro mundo para recibir a quienes amamos y extrañamos. Con los corazones llenos de anticipación, nos preparamos para celebrar el Día de Muertos, honrando su memoria y compartiendo con ellos la alegría de estar juntos una vez más.
