El pasado 13 de octubre de 2025,en la cumbre celebrada en Sharm el-Sheij (Egipto), líderes mundiales encabezados por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi suscribieron una declaración para implementar la primera fase de un plan destinado a poner fin a la guerra en Gaza y lanzar la reconstrucción del territorio. La ceremonia reunió a más de veinte gobernantes y altos representantes internacionales; sin embargo, ni Israel ni Hamas firmaron el documento en la tribuna central, y el acuerdo fue presentado como un marco pactado por los mediadores —Egipto, Catar y Turquía— junto con el aval político de EE. UU. y otros aliados.

El texto firmado en Sharm el-Sheij actúa principalmente como una hoja de ruta de corto plazo: incluye el alto el fuego efectivo en la Franja, la liberación de rehenes vivos por parte de Hamas en el marco de un canje, la liberación de detenidos palestinos y compromisos multilaterales para permitir y coordinar la entrega masiva de ayuda humanitaria y la preparación de planes de reconstrucción. El documento detalla además mecanismos de mediación y supervisión internacional para monitorizar el cumplimiento de esa primera fase. Las versiones completas del comunicado y del texto fueron publicadas por varios medios y oficinas oficiales tras la cumbre.
La firma tiene un fuerte componente simbólico y político: busca generar impulso internacional para la normalización de la situación en Gaza y atraer compromisos de financiación y apoyo técnico, incluidos anuncios públicos de actores como FIFA para reconstrucción deportiva y de otros organismos para infraestructuras civiles. No obstante, analistas y varios gobiernos advirtieron que el acuerdo deja cuestiones clave sin resolver —entre ellas el estatus político final de Palestina y el alcance de la desmilitarización de Hamas— y que la viabilidad real del plan dependerá de la capacidad de traducir las promesas en obligaciones verificables sobre el terreno.

¿Qué sigue para Gaza? En el corto plazo, la prioridad declarada es consolidar el alto el fuego, completar los intercambios de prisioneros/rehenes, abrir corredores humanitarios seguros y empezar evaluaciones de daños que permitan liberar fondos para la reconstrucción. En paralelo, las partes y los mediadores anunciaron la creación de equipos internacionales para supervisar la implementación y coordinar la llegada de ayuda; además, se espera una fase de negociaciones técnicas sobre seguridad, control de fronteras y gobernanza transitoria. Si esas medidas fracasan o se perciben como impuestas sin garantías, existe riesgo de ruptura y retorno de violencia, según actores diplomáticos presentes en la cumbre.
La comunidad internacional reaccionó con mezcla de respaldo y cautela: varios jefes de Estado y organizaciones regionales celebraron el hecho de haber alcanzado un acuerdo que pone freno inmediato a combates prolongados, mientras que ONG y defensores de derechos humanos subrayaron la necesidad de priorizar la protección de civiles, la investigación de posibles crímenes durante el conflicto y transparencia en el uso de la ayuda. El resultado más decisivo para Gaza será, en última instancia, el despliegue rápido y sostenido de ayuda, condiciones claras para la seguridad y un proceso político inclusivo que responda a las aspiraciones de la población palestina —todas cuestiones que continúan siendo objeto de disputa y negociación
