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Home Arte y Cultura

La batalla de Gaugamela, el mayor triunfo de Alejandro Magno

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Tras las fallidas invasiones persas de Grecia en el 490 y el 480 a.C. los griegos se sumieron en una serie de guerras internas de las que se alzó vencedor el reino de Macedonia, cuyo rey Filipo II aspiraba a convertirse en soberano de todo el mundo heleno. El próximo paso en su campaña de conquista era liberar las ciudades griegas de Asia Menor bajo control persa, pero su asesinato en el 336 a.C. dejó la invasión en manos de su hijo Alejandro, un joven de veinte años con grandes sueños de dominación global.

Alejandro aspiraba a más que su padre, pues su objetivo era conquistar el Imperio Persa, el más grande del mundo conocido. Por ello cruzó el Helesponto con un ejército greco-macedonio y aplastó a los sátrapas persas en el río Gránico, victoria que puso Asia Menor a sus pies. Luego continuó hacia el este, derrotando al propio Gran Rey Darío III en la batalla de Issos; tras lo cual capturó la ciudad de Tiro y fue aclamado como faraón e hijo de Zeus-Amón en Egipto.

Darío aprovecho este breve interludio en las hostilidades para reunir en Mesopotamia una ingente hueste de 134.000 hombres, con los que defender el corazón de su reino, a los que Alejandro solo podía oponer unos 47.000 efectivos. Tras cruzar el desierto sirio, el macedonio sorteó los intentos persas de impedir que cruzara el Éufrates y el Tigris hasta que se encontron cara a cara con el ejército persa en la llanura de Gedrosia. El campo de batalla había sido elegido por el propio gran rey, quien había despejado el terreno de piedras para asegurar que sus carros de guerra falcados tuvieran libertad de movimientos.

Parecía un suicido atacar a semejante horda en un terreno tan expuesto, de modo que los generales de Alejandro le suplicaron que se retirarao atacara durante la noche por sorpresa. Sin embargo el joven rey tenía un plan con el que derrotar a los persas: ir a por Darío en persona, cuya huida o muerte supondría la desmoralización del enemigo como en Issos. Esta tarea recaería el el propio Alejandro y su guardia de compañeros a caballo, quienes junto con un destacamento de hostigadores desharían la izquierda enemiga. Cayendo entonces sobre el flanco persa en tanto que la falange macedonia mantenía a raya al enemigo en el centro con sus picas de cinco metros de largo.

La noche antes de la batalla los persas permanecieron en alerta temerosos de un ataque nocturno, nerviosismo que no hizo más que aumentar cuando un eclipse cubrió la luna, el símbolo tradicional de los reyes persas desde la fundación del imperio. Parecía que los mismos dioses hubieran decretado el fin del reinado de Darío. Como su ejército estaba superado en número cinco a uno, Alejandro engañó a los persas co un despliegue tradicional de infantería en el centro y caballería en los flancos, pero cuando empezó la batalla inició un rápido desplazamiento hacia la derecha retrasando su flanco izquierdo. Llevó así a cabo un movimiento oblicuo que dejó a la mitad del ejército persa sin oponente, al tiempo que protegía su débil izquierda, en el punto más alejado de su ataque en diagonal.

Darío envió a sus 100 carros de guerra contra la falange, al tiempo su flanco izquierdo perseguía a Alejandro y sus compañeros, quienes parecían alejarse de la batalla con la intención de rodear a los persas. Esto abrió un hueco en el despliegue persa por el que cargó el rey macedonio y la mitad de sus guardias, al tiempo que sus arqueros y el resto de la caballería neutralizaban a los catafractos escitas que les habían salido al paso. Justo en ese momento los carros falcados llegaron al contacto con la falange, pero los que no fueron abatidos por los hostigadores se encontraron con que los macedonios abrían filas y les dejaban pasar, de manera que fueron abatidos en retaguardia sin causar apenas bajas. Tras eliminar este peligro,la falange recuperó la formación y siguió con el avance contra los infantes persas, ensartándolos en un infranqueable muro de picas.

El momento decisivo llegó cuando Alejandro, encabezando a su guardia formada en cuña, cargó contra los inmortales de Darío. Equipados con lanzas a dos manos cuyo alcance era superior al del enemigo, los compañeros destrozaron a la guardia persa e incluso mataron de un tiro de jabalina al auriga de Darío, quien aterrorizado tomó las riendas de su carro y se dio a la fuga.

La huida del Gran Rey sembró el pánico entre los persas, muchos de los cuales creían que su soberano había caído al confundirlo con el conductor, de manera que todo el centro enemigo se unió a la desbandada. Darío solo se salvó de ser capturado por la llegada de un mensajero del flanco derecho macedonio, cuya desesperada situación obligó a Alejandro a acudir en su ayuda con la caballería.

Una batalla que parecía perdida de antemano se convirtió en un magnífico triunfo gracias al genio de Alejandro, quien con la pérdida de solo 1.500 hombres destruyó al ejército enemigo infligiéndole 40.000 bajas. Tras la victoria el joven conquistador marchó sobre Babilonia, donde la mayoría de nobles persas le ofrecieron su sumisión mientras Darío escapaba a las provincias orientales de su imperio. Allí encontraría su fin perseguido por el rey macedonio.

Tags: Alejandro MagnobatallaGaugamelaGreciahistoriatriunfovitoria
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