Un 20 de julio de 1923, Francisco Villa fue asesinado a balazos en una emboscada en Parral, Chihuahua. Ese día cayó el hombre que alguna vez comandó uno de los ejércitos más formidables de la Revolución Mexicana: la División del Norte. Su muerte no fue solo el final de una vida marcada por la violencia, la justicia y la contradicción, sino también el inicio de un legado que, hasta hoy, sigue dividiendo opiniones.

Nacido como Doroteo Arango en 1878, en San Juan del Río, Durango, Villa tuvo una infancia marcada por la pobreza extrema. Desde joven conoció la injusticia social: se cuenta que, tras vengar un abuso cometido contra su hermana, huyó a la sierra y adoptó el nombre con el que pasaría a la historia. Fue bandolero, arriero y prófugo antes de convertirse en un líder popular. Su tránsito del delito a la causa revolucionaria refleja la complejidad de un México rural cansado de décadas de represión bajo el régimen porfirista.
Villa se unió a la Revolución en 1910, alineado con Francisco I. Madero. Su carisma, habilidad militar y profundo conocimiento del norte del país lo convirtieron rápidamente en un actor clave. La División del Norte, bajo su mando, fue una fuerza formidable: bien organizada, disciplinada y popular entre los sectores rurales. Participó en batallas decisivas, como la Toma de Torreón y la de Zacatecas, consolidándose como uno de los caudillos más importantes del movimiento. Sin embargo, sus desencuentros con Venustiano Carranza y su derrota frente a Álvaro Obregón lo obligaron a replegarse.

En sus últimos años, Villa se retiró a la vida civil en una hacienda en Canutillo, tras un acuerdo con el gobierno. No obstante, su figura seguía siendo incómoda para el nuevo régimen. El 20 de julio de 1923 fue asesinado en una emboscada planeada por enemigos políticos, cuando viajaba en su automóvil. Los disparos acabaron con su vida, pero no con el mito.

La historia de Francisco Villa revela que los personajes históricos no son figuras planas ni símbolos unívocos. Son hombres y mujeres atravesados por las circunstancias, contradicciones y pasiones de su tiempo. Recordarlo es también mirar de frente las tensiones de un país que ha buscado, en sus caudillos, respuestas a profundas desigualdades. Su vida —y su muerte— nos obligan a preguntarnos qué hacemos con las memorias incómodas, con los héroes complejos y con las heridas que la historia aún no termina de cerrar.
