
La historia de esta costumbre se remonta a la época virreinal, vinculada a las órdenes religiosas que fomentaban la devoción a la infancia de Jesús. Sin embargo, fue a lo largo del siglo XX cuando la práctica se popularizó y diversificó, convirtiéndose en un fenómeno cultural y económico que llena los mercados tradicionales de colores y texturas. El proceso de vestirlo no es solo estético; representa un rito de renovación y fe, donde la familia se reúne para llevar la imagen a misa sobre una silla o trono decorado, acompañada de velas o “candelas” que simbolizan la luz de Cristo iluminando el camino de los creyentes.

En la actualidad, la variedad de personajes y advocaciones para vestir al Niño Dios es inmensa, reflejando tanto la doctrina religiosa como las aspiraciones de la sociedad. Los atuendos más tradicionales incluyen al Niño de las Palomas, el Santo Niño de Atocha o el Niño de Praga, pero la creatividad popular ha extendido el catálogo hacia advocaciones que piden protección específica, como el Niño de la Salud, el Niño Doctor o el Niño de la Abundancia. Aunque las autoridades eclesiásticas sugieren mantener la dignidad de la imagen con ropajes blancos o de advocaciones litúrgicas, la tradición sigue evolucionando, permitiendo que cada familia elija un diseño que represente sus esperanzas y su gratitud por los milagros recibidos.

