En los Valles Centrales de Oaxaca, bajo capas de tierra y silencio milenario, emergió un tesoro prehispánico que ya sacude a la arqueología mexicana: la Tumba 10 de Huitzo, un recinto zapoteca del año 600 d. C. que especialistas y autoridades han calificado como el hallazgo arqueológico más importante de la última década en México.

Lo extraordinario de este descubrimiento no es solo su antigüedad, sino el impecable estado de conservación y la riqueza de detalles simbólicos que encierra. Fue gracias a una denuncia ciudadana anónima por posible saqueo en 2025 que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) pudo intervenir a tiempo, salvaguardando una cámara funeraria intacta, antes de que el contexto arqueológico quedara alterado o perdido.

La tumba destaca por su arquitectura monumental y por una entrada ricamente decorada con un búho tallado, símbolo zapoteca asociado con la noche, la muerte y el poder. Bajo su pico descansa un rostro pintado de un personaje zapoteca, que las primeras interpretaciones sugieren podría ser el individuo a quien se dedicó el mausoleo. Las jambas laterales están labradas con figuras que podrían representar ancestros, mientras que en el interior se conservan murales con escenas rituales, como procesiones con ofrendas de copal, revelando prácticas funerarias y creencias complejas de la sociedad del Clásico Tardío.

La importancia de este hallazgo trasciende lo visual. Bajo el resguardo del Gobierno de México y la Secretaría de Cultura, el sitio está siendo examinado por equipos interdisciplinarios que realizan estudios arqueológicos, epigráficos y antropológicos, y trabajan en la restauración y documentación de cada elemento descubierto. Fragmentos óseos y pigmentos murales, así como nombres calendáricos grabados en dinteles, prometen ofrecer nuevas piezas para reconstruir la historia política, social y simbólica de los zapotecos
